viernes, 4 de enero de 2013

EL ELEMENTO 118 ES SINTETIZADO POR QUÍMICOS RUSOS 


Físicos del Instituto Unificado de Investigaciones Nucleares de Dubna sintetizaron el elemento 118 de la tabla periódica que ya fue obtenido por el mismo equipo en 2002, comunicó hoy Vladímir Utenkov del Laboratorio Flerov de Reacciones de Fisión.
El elemento 118 es inestable y no existe de forma natural, se puede obtenerlo sólo en laboratorio. Tampoco existen en la naturaleza los elementos con números atómicos superiores a 92, es decir más pesados que el uranio.
Pero se puede producirlos en reactores atómicos. Como el plutonio, por ejemplo. A su vez, los más pesados que el fermio se obtienen únicamente en aceleradores de partículas bombardeando un blanco con iones pesados. Al fusionarse los núcleos del blanco y del "proyectil" surgen los núcleos del nuevo elemento.
Utenkov recordó que anteriormente en Dubna, a las afueras de Moscú, fueron registrados tres casos de síntesis de los núcleos del elemento 118: el primero en el año 2002 y otros dos en 2005. "Si registramos uno más sería maravilloso", dijo el investigador al agregar que los resultados del experimento están recogidos en un artículo que aparecerá en la prestigiosa revista Physics Review Letters.
En los tiempos de la Unión Soviética, los especialistas del Laboratorio Flerov de Reacciones de Fisión (Instituto Unificado de Investigaciones Nucleares de Dubna) crearon los elementos 104, 105, 106, 107 y 108. Asimismo sintetizaron los elementos súper pesados de números atómicos 112 a 115, y el más pesado para hoy, el elemento 118.

domingo, 4 de diciembre de 2011


Quimifobia

Una de las grandes dificultades que se nos presenta a los Educadores en la Química es la noción popular de que Químico es sinónimo de Perjudicial. Esta concepción es conocida como Quimifobia. Sobre sus orígenes trata el siguiente artículo publicado enCuaderno de Cultura Científica. Es un articulo muy útil para reflexionar con los estudiantes cuando se trabaja en contexto, en el marco de una enseñanza CTS.

Sobre los orígenes de la quimifobia

Publicado: julio 13, 2011 | Autor: zientziakultura | Archivado en: Sociedad | Tags: agricultura orgánica, contaminantes, insecticidas, productos naturales, química, quimifobia | 15 Comentarios »

Autor: Yanko Iruin (@elbuhodelblog), Catedrático de Química Física del Departamento de Ciencia y Tecnología de Polímeros de la UPV/EHU y subdirector de Polymat, Instituto de Materiales Poliméricos. Es autor del Blog del buho (un alegato contra la quimifobia)

La acción conjunta de la ONU y la UNESCO al declarar 2011 como Año Internacional de la Química es señal de que han saltado las alarmas sobre el creciente desapego de los jóvenes occidentales a cursarla en sus estudios, algo que vamos a pagar caro en los próximos años. Y que ya afecta también a otras Ciencias e Ingenierías. Pero el caso de la Química tiene algún matiz adicional, al verse afectada por una extendida percepción social en Occidente según la cual el medio ambiente va de mal en peor y todo lo que comemos, bebemos o respiramos nos conduce a cánceres y trastornos genéticos sin cuento. Metales pesados como el mercurio o el plomo, pesticidas como el DDT, aditivos alimentarios, restos de monómeros y aditivos en la fabricación de plásticos (ftalatos, Bisfenol A), pueblan cabeceras alarmistas en los medios de comunicación. Sin embargo, las agencias que velan por nuestra salud, y los datos objetivos, muestran que nunca hemos vivido y comido más sano y seguro y la prueba del nueve es comparar las esperanzas de vida al principio del siglo XX y en estos años iniciales del XXI.

Los orígenes de esta Quimifobia pueden datarse en 1962, con la publicación del libro de la bióloga Rachel Carson, “The Silent Spring”, en el que cristalizaron las preocupaciones de círculos progresistas americanos sobre los peligros del uso indiscriminado (y habría que decir abusivo) de insecticidas como el DDT o el Lindane. Con antecedentes como el del llamado agente naranja, con el que se deforestaron amplias zonas del Vietnam durante la larga guerra en la que los EEUU se vieron implicados. Hoy sabemos que en su producción se generaban como subproductos miembros peligrosos de la familia de las dioxinas, como el TCDD que, años más tarde (2004), volvió a la actualidad con el envenenamiento del candidato a la presidencia de Ucrania (Viktor Yushchenko). En años anteriores y posteriores a la publicación del libro de Carson, se detectó la intoxicación de la pequeña bahía de Minamata en Japón por metil mercurio (1956), el escape del mismo TCDD en Seveso (1976) y, algo más tarde (1984), la explosión y fuga de isocianato de metilo en Bhopal (india). Y de esos barros, ya algo antiguos, nacen muchos de los lodos que alarman a la población.

En parte, esas alarmas se producen como consecuencia de avances en la actividad científica que, paradójicamente, debieran haber inducido el efecto contrario. Coetáneos con el libro de la Carson son los primeros avances espectaculares en técnicas analíticas capaces de detectar cantidades muy pequeñas de sustancias químicas en agua o aire. James Lovelock, autor de la Hipótesis Gaia y considerado por muchos como uno de los padres del ecologismo, fue también quien desarrolló en esos años el detector de captura electrónica (ECD), un dispositivo que revolucionó los niveles de detección de sustancias químicas mediante la técnica conocida como cromatografía de gases. Hoy en día, los modernos ECD nos permiten detectar DDT o Lindane en niveles cien millones de veces inferiores a los que detectaba el detector de Lovelock. Paralelamente, otras técnicas analíticas han mejorado sus capacidades y hoy podemos emplearlas para detectar sustancias en cantidades próximas a una parte por trillón (1ppt) o, lo que es igual, un miligramo de sustancia potencialmente peligrosa en 1000 toneladas de producto analizado. Pero trasladar a la población que esos avances permiten certificar la seguridad de lo que comemos o respiramos parece una titánica labor imposible de conseguir.

“Culpable” también del alarmismo quimifóbico es la proliferación de estudios que tratan de establecer relaciones causa/efecto entre productos químicos y enfermedades. Se trata de estudios rigurosos (en la gran mayoría de los casos) realizados desde dos ópticas: los basados en análisis de poblaciones humanas expuestas a un producto químico y los que, ante indicios sobre la peligrosidad de un cierto producto, tratan de probar esa peligrosidad con animales de laboratorio a los que, muchas veces, se administran dosis elevadas del mismo. En el primer caso, los resultados no son siempre concluyentes, dada la dificultad de interpretarlos en sistemas de tantas variables como los organismos vivos. En el segundo caso, extrapolar a exposiciones mucho más bajas que las suministradas a los animales de laboratorio es siempre, como en todas las extrapolaciones, algo muy arriesgado.

Si, además, el manejo posterior de los datos, en internet y en los medios, carece del adecuado rigor en términos estadísticos, el nivel de alarma se dispara en la población. Valga como ejemplo un estudio realizado en los noventa por la canadiense International Agency for Research on Cancer (IARC) sobre la relación entre el cloruro de vinilo, un gas empleado en la fabricación de PVC, y el desarrollo de un cáncer de hígado conocido como angiosarcoma. Se estudió una población de 14.351 individuos que habían estado expuestos al citado gas en 19 factorías europeas. Frente a los 8 casos de angiosarcoma que, estadísticamente, se dan en cualquier población no expuesta al mencionado gas, en ese estudio se encontraron 24 casos, algo que confirmaba su relación con la enfermedad. Pero los resultados se pueden dar de dos maneras: una, la población expuesta al gas tiene un 300% más de posibilidades de sufrir de cáncer de hígado, lo que inducirá, sin duda alguna, a la alarma. Pero tiene el mismo rigor estadístico decir que un 2 por mil de la población investigada, expuesta durante largos años al gas, desarrolló un cáncer de hígado, aunque, evidentemente, la alarma social no es la misma en este segundo enunciado.

Hechos como los que anteceden han generado, entre otros corolarios, la ya popular disyuntiva entre lo natural (bueno) y lo sintético o químico (perjudicial), resultando casi imposible introducir en el debate hechos que invaliden claramente esa percepción. Como es el caso de muchas sustancias naturales que son letales a dosis francamente pequeñas, como la toxina botulínica (bótox), el ácido oxálico de algunas verduras como el ruibarbo o las espinacas, venenos de plantas (belladona), tubérculos (solanina de las patatas) y setas (muscarina) o ese simpático alcaloide al que llamamos cafeína. Está bien documentada la presencia de sustancias químicas peligrosas en alimentos que consumimos desde siempre, como los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAPs), presentes en carnes preparadas en parrillas o barbacoas. Algunos HAPs como los benzopirenos son tan cancerígenos como las dioxinas. Algo similar ocurre con la acrilamida, un reputado cancerígeno que se genera merced a las reacciones de Maillard en procesos como la fritura de las modestas patatas fritas o en el tostado del café.

El mundo de los aditivos alimentarios también tiene sus casos emblemáticos en esta disyuntiva. Si uno, por ejemplo, introduce en google Monosodium glutamate (MSG), obtiene casi dos millones de entradas, la mayoría de ellas previniendo de los riesgos del uso de este potenciador de sabor que, en los medios más innovadores de la gastronomía, se identifica ahora con el quinto sabor (umami). Y entre esas entradas, uno encuentra muchos estudios con animales de laboratorio sometidos a dosis elevadas de MSG y resultados alarmantes. Sin embargo, el MSG es producido de forma “natural” en la leche materna en cantidades de 200 ppm y ha sido ingerido, desde la noche de los tiempos, por nuestros más tiernos infantes. Encontrándose también en concentraciones similares en quesos como el Roquefort o en los tomates.

Todas estas cuestiones han generado una picaresca que se resiste a ser desmontada. Es corriente, por ejemplo, encontrar en tiendas de productos ecológicos o “naturales” mermeladas y otros productos que declaran emplear citratos o pectina de manzana como aditivos reafirmantes o gelificantes. Por sus resonancias gramaticales suenan a naturales, pero ambos son producidos en procesos industriales que implican la mano humana con manejo de ácidos y bases, controles en el pH o el empleo de sustancias químicas como el isopropanol. El marketing perverso hace que en la etiqueta, y detrás de esos productos, no se coloque el código E correspondiente, (E-333 en el caso del citrato, E-440 en el caso de la pectina), algo a lo que obliga la legislación europea en materia alimentaria. Se nos vende, igualmente, la idea de que la mal llamada agricultura orgánica no emplea pesticidas, cuando lo cierto es que emplean sustancias como el llamado polvo de Derris (una familia de plantas), que debe su validez como insecticida a su alto contenido en rotenona, una molécula muy peligrosa para la vida acuática y que recientes estudios sobre animales la ligan al Alzheimer. Resultados de este tipo serán más corrientes cuando las agencias destinadas a velar por nuestra salud usen las mismas varas de medir y empiecen a considerar con seriedad la composición de los productos de esas tiendas, herboristerías, etc.

Algo que ya ha empezado a hacer tímidamente el Departamento de Salud americano. En su 12th Report on Carcinogens, hecho público por el 10 de junio de este año, incluía ocho nuevas sustancias con claras sospechas de relación con el cáncer basadas en estudios in vivo. Entre ellas, dos que se encuentran en cantidades significativas en preparados de la medicina tradicional china: los ácidos aristolóquicos y la rideliina. Lo que no es sino el reflejo de lo que ha puntualizado en repetidas ocasiones el bioquímico Bruce N. Ames, Profesor de Bioquímica en Berkeley e inventor del test de Ames, un método efectivo y barato para evaluar el carácter cancerígeno de una sustancia: “En cualquier caso, el 99.9% de las sustancias químicas que comemos son de origen natural. Por ejemplo, el 99.99% de los pesticidas que ingerimos son productos químicos naturales presentes en las plantas como recurso para ahuyentar insectos y otros depredadores. Más de la mitad de esas moléculas que se han chequeado en el laboratorio con animales (y se han chequeado pocas) son cancerígenas a las altas dosis habitualmente empleadas. Hay 10.000 o más pesticidas naturales en nuestra dieta y están presentes a dosis mucho más altas de las que están los pesticidas sintéticos”. O también: “Una taza de café es un cóctel químico. Se han identificado en ella cientos de productos químicos. Sólo se han probado en laboratorio unas decenas y la gran mayoría son cancerígenos” (como la acrilamida antes citada). “Hay del orden de 10 miligramos de conocidos carcinógenos en una taza de café y eso es más que los que uno puede ingerir en un año, derivados de los pesticidas sintéticos”.

sábado, 27 de agosto de 2011

FABRICANDO NUESTRAS PROPIAS DROGAS,SOMOS UNA FABRICA DE DROGAS

Sabes que puedes producir tus propias drogas, sin tener que sembrar amapolas, marihuana o comprar cocaína?

El cerebro, movido por las emociones, produce sustancias químicas que hacen que la persona eleve su autoestima, experimente sensación de euforia, se sienta animada, alegre y vigorosa, sin necesidad de tomar, inyectarse o fumar nada.

Estas sustancias que produce el cerebro, denominadas hormonas endógenas (ya que se producen en la corteza cerebral) bien podrían llamarse "drogas de la felicidad". Algunas de ellas son:
La oxitocina, que se produce cuando existe un amor pasional y se relaciona con la vida sexual.

La dopamina, que es la droga del amor y la ternura.La finilananina, que genera entusiasmo y amor por la vida.La endorfina, que es un trasmisor de energía y equilibra las emociones, el sentimiento de plenitud y el de depresión.La epinefrina, que es un estímulo para el desafío de la realización de metas.
Si hay abundancia de estas hormonas endógenas, hay inteligencia emocional e interpersonal; la persona se siente ubicada, sabe quién es, a dónde va; controla sus emociones, conoce sus habilidades y sus talentos y se siente dueña de sí misma.



¿Cuándo y cómo se crean estas drogas internas?
Se han realizado descubrimientos como estos:Cuando una mujer va a dar a luz, se vuelve altamente dopamínica; es decir, genera una cantidad enorme de dopamina (la droga del amor y la ternura).
Cuando estamos enamorados, la dopamina aumenta 7000 veces su cantidad, acompañada de la oxitocina, responsable de la pasión sexual y de las fenilananinas, responsables del entusiasmo, bloqueando el aspecto de la lógica y la razón.



En los recién casados, se produce gran cantidad de oxitocina, que es responsable del amor pasional. Por eso ellos irradian felicidad, se sienten plenos, alegres y motivados.


Como vemos, la felicidad no es algo vago e impreciso, ni una sensación nebulosa: es el efecto de un flujo correcto de sustancias químicas que proporcionan al ser humano su equilibrio físico y psíquico. Así, la felicidad se puede incrementar por medio de las siguientes actitudes o actividades, todas productoras de estas "drogas" internas: Amar y disfrutar apasionadamente lo que hacemos. Tener relaciones con personas que nos motivan y enriquecen nuestra fuerza vital.Tener una autoestima positiva y un sentido del valor personal. Trabajar y lograr pequeñas o grandes metas. Descansar y dormir profundamente. Manejar adecuadamente el estrés.Hacer ejercicios regularmente: "mente sana en cuerpo sano".
Recordar los momentos felices de nuestra vida, ya que en esos momentos la mente no distingue entre lo real y lo imaginario.


El secreto está dentro de nosotros. Sentirnos felices es, en parte, una cuestión de actitud hacia la vida: las drogas de la felicidad no se consiguen en el exterior, sino que son creadas mediante una vida llena de amor, entrega, optimismo, ejercicio, satisfacción personal ante el logro de metas y vocación y devoción por lo que se hace....


LA QUIMICA Y EL SEXO


La quimica en el sexo

La quimica también interviene cuando la persona se siente atraída sexualmente por otra. Su cerebro envía una señal química a la hipófisis, provocando la liberación de hormonas sexuales (estrógenos y progesterona, por ejemplo). En consecuencia la respiración aumenta 30 ciclos por minuto, la sangre se "alborota" y acumula en sitios como los labios, las mejillas, la vagina y el pene, facilitando la excitación.
El rítmo cardiaco aumenta hasta 100 pulsaciones por minuto, los pezones se ponen firmes y la glándula del timo segrega timina en mayor cantidad elevando el estado de ánimo.
Una relación sentimental donde el factor pasión es preponderante, dura entre los 90 y 180 días como máximo.
El término de una relación involucra a la química

Trás la bajada de FEA, las personas pueden sentirse cada vez menos enamoradas, pero si a esto le agregamos que se han dejado llevar por el sentimiento sin darle el espacio que se merece al raciocinio, seguramente experimentarán insatisfacción, frustración, separación e incluso el odio.
Cuando la relación de pareja se rompe, se involucra ciertas sustancias químicas; el nivel de feniletilamina se derrumba y el cuerpo experimenta una especie de "síndrome de abstinencia" que coincide con el ansia de comer chocolate (rico en feniletilamina) que sienten muchas personas tras una ruptura.


Hace apenas 13 años, se planteó el estudio del amor como un proceso bioquímico que se inicia en la corteza cerebral, pasa a las neuronas y de allí al sistema endocrino, dando lugar a respuestas fisiológicas intensas.
Científicamente entonces, existe una química interna que se relaciona con nuestras emociones, sentimientos y conductas; ya que hasta el más sencillo de ellos, está conectado a la producción de alguna hormona.
Sin embargo, si queremos conservar aquella pareja que nos ha hecho liberar una gran cantidad sustancias químicas y ha provocado que nos comportemos y sintamos de manera diferente, es necesario buscar formas efectivas de convivencia y luchar para que el proceso deje de ser meramente químico.

MAS, MAS AMOR Y QUIMICA


¿Te ha pasado que cuando ves a una persona por primera vez, comienzas a sudar como nunca, tienes palpitaciones, tus manos tiemblan, te ruborizas, sientes ese cosquilleo en el estómago; se te va la onda, tartamudeas y comienzas a reirte de la nada?. Bueno pues esto indica nada más y nada menos que aquella persona que esta frente tuyo es bioquimicamente tu media naranja. Es a quien has estado esperado por mucho tiempo.
Esta sensaciones tienen su porque en fundamentos psicológicos y físicos que se van construyendo desde la niñez.
Antes de que una persona se fije en otra, ya ha construido un mapa mental, un molde completo de circuitos cerebrales que determinan lo que le hará enamorarse de una persona y no de otra.
El sexólogo John Money considera que los niños desarrollan esos mapas entre los 5 y 8 años de edad, en base a las asociaciones con miembros de su familia, amigos, con experiencias y hechos fortuitos.
Así pues antes de que el verdadero amor llegue a tí , tu ya elaboraste sus rasgos esenciales, es la persona ideal a quien amar.
La Quimica del amor
Esa especie de fascinación que hace que dos seres se queden "enganchados" con gran necesidad de interactuar y conocerse más se le llama "La química del amor".
Se refiere a un conjunto de reacciones emocionales en donde hay descargas neuronales(electricidad)) y hormonales(sustancias químicas como dopamina y norepinefrina y bajos niveles de serotonina) además de ácidos, gases y olores.
Todo ellos se mezclan creando una revolución interna que convierte lo racional en irracional, la prudencia en torpeza y la serenidad en nerviosismo. Son reacciones que explican buena parte de los signos del enamoramiento.
De la emoción al enamoramiento
Los hombres, son los que parecen ser más susceptibles a la acción de las sustancias asociadas al amor. Ellos se enamoran más rápida y fácilmente que las mujeres.
El verdadero enamoramiento parece ser que sobreviene cuando se produce en el cerebro la FENILETILAMINA, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas que tiene la capacidad de aumentar la energía física y la lucidez mental.
El cerebro responde a tal compuesto con la secreción de dopamina(inhibe el apetito), norepinefrina y oxitocina, provocando que los enamorados puedan permanecer horas conquetéandose, haciendo el amor o conversando sin sensación alguna de cansancio o sueño.
Estos compuestos ayudan a forjar lazos permanentes entre la pareja tras la primera oleada de emoción y por si fuera poco hasta fortalecen el sistema inmunológico. En caso contrario, a las personas que tienen menos receptores cerebrales de los que se necesitan para recibir la oxitocina, se les dificulta establecer lazos permanentes con su pareja.
Lamentablemente el período de enamoramiento no es eterno, perdura de 2 a 3 años, incluso a veces más, pero al final la atracción bioquímica decae. Con el tiempo el organismo se va haciendo resistente a los efectos de estas sustancias.
Es entonces cuando comienza una segunda fase donde estan presentes otro tipo de sustancias químicas como las endorfinas de estructura similar a la de la morfina y otros opiáceos; los que confieren la sensación común de seguridad, comodidad y paz, dando lugar a la etapa del apego.

martes, 16 de agosto de 2011

BIENVENIDOS

 BIENVENIDOS


TEXTO EN FASE DE CONSTRUCCION..... INICIANDO PRUEBAS DE CONTENIDOS

sábado, 21 de mayo de 2011

LA QUIMICA DEL AMOR


Francisco Muñoz de la Peña Castrillo, 
IES Carolina Coronado, Almendralejo
Con este artículo pretendo ofrecer en un tono divertido y ameno una visión fundamentalmente química de algo tan sencillo como maravilloso que nos ocurre a todos alguna vez en la vida: ¡Enamorarnos!.
Los poetas nos han deleitado cantando al más maravilloso de los sentimientos desde todos los ángulos y con infinitos matices, pero los químicos también tenemos cosas que decir al respecto, quizás menos seductoras pero no por ello menos importantes.
¿Por qué nos enamoramos de una determinada persona y no de otra? Innumerables investigaciones psicológicas demuestran lo decisivo de los recuerdos infantiles -conscientes e inconscientes-. La llamada teoría de la correspondencia puede resumirse en la frase: "cada cual busca la pareja que cree merecer".
Parece ser que antes de que una persona se fije en otra ya ha construido un mapa mental, un molde completo de circuitos cerebrales que determinan lo que le hará enamorarse de una persona y no de otra. El sexólogo John Money considera que los niños desarrollan esos mapas entre los 5 y 8 años de edad como resultado de asociaciones con miembros de su familia, con amigos, con experiencias y hechos fortuitos. Así pues antes de que el verdadero amor llame a nuestra puerta el sujeto ya ha elaborado los rasgos esenciales de la persona ideal a quien amar.
La química del amor es una expresión acertada. En la cascada de reacciones emocionales hay electricidad (descargas neuronales) y hay química (hormonas y otras sustancias que participan). Ellas son las que hacen que una pasión amorosa descontrole nuestra vida y ellas son las que explican buena parte de los signos del enamoramiento.
Cuando encontramos a la persona deseada se dispara la señal de alarma, nuestro organismo entra entonces en ebullición. A través del sistema nervioso el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina (neurotransmisores que comunican entre sí a las células nerviosas).
Sus efectos se hacen notar al instante:
  • El corazón late más deprisa (130 pulsaciones por minuto).
  • La presión arterial sistólica (lo que conocemos como máxima) sube.
  • Se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular.
  • Se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por la corriente sanguínea.
Hay dos cosas que el hombre no puede ocultar: que está borracho y que está enamorado 
Antífanes -388-311 a. C.-, comediógrafo griego
Los síntomas del enamoramiento que muchas personas hemos percibido alguna vez, si hemos sido afortunados, son el resultado de complejas reacciones químicas del organismo que nos hacen a todos sentir aproximadamente lo mismo, aunque a nuestro amor lo sintamos como único en el mundo.
Ese estado de "imbecilidad transitoria", en palabras de Ortega y Gasset, no se puede mantener bioquímicamente por mucho tiempo.
No hay duda: el amor es una enfermedad. Tiene su propio rosario de pensamientos obsesivos y su propio ámbito de acción. Si en la cirrosis es el hígado, los padecimientos y goces del amor se esconden, irónicamente, en esa ingente telaraña de nudos y filamentos que llamamos sistema nervioso autónomo. En ese sistema, todo es impulso y oleaje químico. Aquí se asientan el miedo, el orgullo, los celos, el ardor y, por supuesto, el enamoramiento. A través de nervios microscópicos, los impulsos se transmiten a todos los capilares, folículos pilosos y glándulas sudoríparas del cuerpo. El suave músculo intestinal, las glándulas lacrimales, la vejiga y los genitales, el organismo entero está sometido al bombardeo que parte de este arco vibrante de nudos y cuerdas. Las órdenes se suceden a velocidades de vértigo: ¡constricción!, ¡dilatación!, ¡secreción!, ¡erección! Todo es urgente, efervescente, impelente... Aquí no manda el intelecto ni la fuerza de voluntad. Es el reino del siento-luego-existo, de la carne, las atracciones y repulsiones primarias..., el territorio donde la razón es una intrusa.
Hace apenas 13 años que se planteó el estudio del amor como un proceso bioquímico que se inicia en la corteza cerebral, pasa a las neuronas y de allí al sistema endocrino, dando lugar a respuestas fisiológicas intensas.
El verdadero enamoramiento parece ser que sobreviene cuando se produce en el cerebro la FENILETILAMINA, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas.
Al inundarse el cerebro de esta sustancia, éste responde mediante la secreción de dopamina (neurotransmisor responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro, es decir, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer), norepinefrina y oxiticina (además de estimular las contracciones uterinas para el parto y hacer brotar la leche, parece ser además un mensajero químico del deseo sexual), y comienza el trabajo de los neurotransmisores que dan lugar a los arrebatos sentimentales, en síntesis: se está enamorado. Estos compuestos combinados hacen que los enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o sueño.
El affair de la feniletilamina con el amor se inició con la teoría propuesta por los médicos Donald F. Klein y Michael Lebowitz del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, que sugirieron que el cerebro de una persona enamorada contenía grandes cantidades de feniletilamina y que sería la responsable de las sensaciones y modificaciones fisiológicas que experimentamos cuando estamos enamorados.
Sospecharon de su existencia mientras realizaban un estudio con pacientes aquejados "de mal de amor", una depresión psíquica causada por una desilusión amorosa. Les llamó la atención la compulsiva tendencia de estas personas a devorar grandes cantidades de chocolate, un alimento especialmente rico en feniletilamina por lo que dedujeron que su adicción debía ser una especie de automedicación para combatir el síndrome de abstinencia causado por la falta de esa sustancia. Según su hipótesis el, por ellos llamado, centro de placer del cerebro comienza a producir feniletilamina a gran escala y así es como perdemos la cabeza, vemos el mundo de color de rosa y nos sentimos flotando.
    Es decir LAS ANFETAMINAS NATURALES TE PONEN A CIEN.
El 50% de las mujeres entrevistadas para el libro Por qué necesitan las mujeres del chocolate confesó que elegiría el chocolate antes que el sexo. Hay quienes al chocolate lo llaman EL PROZAC VEGETAL.
En una de las aventuras de Charlie Brown se puede leer "una buena manera de olvidar una historia de amor es comerse un buen pudin de chocolate".
Su actividad perdura de 2 a 3 años, incluso a veces más, pero al final la atracción bioquímica decae. La fase de atracción no dura para siempre. La pareja, entonces, se encuentra ante una dicotomía: separarse o habituarse a manifestaciones más tibias de amor -compañerismo, afecto y tolerancia-. Dos citas muy interesantes son:

El amor es como la salsa mayonesa: cuando se corta, hay que tirarlo y
empezar otro nuevo.
Enrique Jardiel Poncela.

El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es para morir.
Jacinto Benavente
Con el tiempo el organismo se va haciendo resistente a los efectos de estas sustancias y toda la locura de la pasión se desvanece gradualmente, la fase de atracción no dura para siempre y comienza entonces una segunda fase que podemos denominar de pertenencia dando paso a un amor más sosegado. Se trata de un sentimiento de seguridad, comodidad y paz. Dicho estado está asociado a otra DUCHA QUÍMICA. En este caso son las endorfinas -compuestos químicos naturales de estructura similar a la de la morfina y otros opiáceos- los que confieren la sensación común de seguridad comenzando una nueva etapa, la del apego. Por ello se sufre tanto al perder al ser querido, dejamos de recibir la dosis diaria de narcóticos.
Para conservar la pareja es necesario buscar mecanismos socioculturales (grata convivencia, costumbre, intereses mutuos, etc.), hemos de luchar por que el proceso deje de ser solo químico. Si no se han establecido ligazones de intereses comunes y empatía, la pareja, tras la bajada de FEA, se sentirá cada vez menos enamorada y por ahí llegará la insatisfacción, la frustración, separación e incluso el odio.
Parece que tienen mayor poder estimulante los sentimientos y las emociones que las simples substancias por sí mismas, aquellos sí que pueden activar la alquimia y no al sentido contrario.
Un estudio alemán ha analizado las consecuencias del beso matutino, ése que se dan los cónyuges al despedirse cuando se van a trabajar. Los hombres que besan a sus esposas por la mañana pierden menos días de trabajo por enfermedad, tienen menos accidentes de tráfico, ganan de un 20% a un 30% más y viven unos ¡cinco años más! Para Arthur Sazbo, uno de los científicos autores del estudio, la explicación es sencilla: "Los que salen de casa dando un beso empiezan el día con una actitud más positiva".
Es cierto, no podemos negarlo, es un hecho científico que existe una química interna que se relaciona con nuestras emociones y sentimientos, con nuestro comportamiento, ya que hasta el más sublime está conectado a la producción de alguna hormona.
No hay una causa y un efecto en la conducta sexual, sino eventos físicos, químicos, psíquicos, afectivos y comunicacionales que se conectan de algún modo, que interactúan y se afectan unos a otros.
Existe, sí, una alquimia sexual, pero se relaciona íntimamente con los significados que le damos a los estímulos, y éstos con el poder que les ha concedido una cultura que, a su vez, serán interpretados por cada uno que los vive de acuerdo con sus recursos personales y su historia. Esperemos que estos estudios en un futuro nos conduzcan a descubrir aplicaciones farmacológicas para aliviar las penas de amor.
Espero que una vez leído este artículo no le digáis a vuestra pareja después de hacer el amor: "he tenido una sensación sumamente agradable producto del aumento de testosterona y la disminución consiguiente de serotonina", entre otras cosas porque os estrangularía.
Para terminar otras interesantes citas:

Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre
de labios de una mujer
Antonio Machado
El amor es ciego, el matrimonio le devuelve la vista.